Reflexiones callejeras
Los transeúntes pasan a mi lado, inmersos en su mundo individualista. Absortos de la realidad. Actúan como maquinas, sus piernas avanzan al mismo compas. Corren perseguidos por su impaciencia o el tiempo, abstracto monstruo al que, parece, nunca dejamos de temer. ¿ Acaso el tiempo existe o es solo nuestro temor a que corra demasiado rápido sin que nos demos cuenta? ¿Por eso corremos aun sin estar apurados? ¿O es el hecho de saber que este enemigo no viene sin llevarse su botín? La vida. Por ahí es ese inexplicable miedo a la muerte, a lo desconocido. Por eso mismo creemos en el más allá, en el infierno, en el cielo, el premio, el castigo. No podemos pensar en que la vida es solo esto, lo que hacemos, lo que decimos, lo que callamos.
Aspiramos a la existencia eterna, el perdón divino. Sin darnos cuenta que el juicio final se produce acá, en la tierra. Son los que nos conocen quienes, luego de muerto, recordaran nuestros gestos tanto buenos como malos; los que perdonan nuestro errores, dejándolos en el olvido y manteniéndonos vivos en sus memorias por varias generaciones. No será la eternidad, pero es un tiempo considerable para ser solo una persona. Es mejor este consuelo a ser recordado con odio por el resto de los tiempos.
El sonido de las bocinas me vuelve de mis profundas reflexiones. A mi alrededor todo sigue igual, los transeúntes siguen moviéndose indefinidamente como las agujas de un reloj marcando el paso del tiempo.
